Mostrando entradas con la etiqueta "La Otra Verdad" Daniel Spinelli. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta "La Otra Verdad" Daniel Spinelli. Mostrar todas las entradas

2010/06/15

LA VEREDA

Cuando era niño existía un lugar. Un lugar mágico, donde todo parecía posible. Para llegar hasta ahí no hacia falta subirse a un avión, ni tramitar una visa, bastaba con abrir la puerta, siempre sin llave, del frente de la casa.
En ese idílico lugar transcurrían en gran parte nuestros días, y en verano, plenas de fantasías también las noches. Noches en que los viejos, con sus sillas cansadas, como sus espaldas, nos contaban historias del otro lado del mar. Cuando ellos se retiraban nosotros seguíamos con los relatos, más otros eran los temas y el vocabulario, Así aprendíamos las cosas que en la escuela no nos enseñaban y que en nuestros hogares ni siquiera se nombraban.
Las mañanas eran todo color y feria, mujeres que, con la excusa de la escoba, se ponían al corriente de las novedades, hombres apurados rumbo a la fábrica o la oficina. En la hora de la siesta, el barrio sumido en silencio y calma, nos adueñábamos de este territorio abandonado por los adultos y todo era jugar, jugar sin límites, jugar e ir tejiendo una trama de amistades infinitas, que se confundían con los lazos de familia.

Correr, correr con el viento y el sol en la cara.
Gritar, gritar con alegría o con bronca, gritar una canción, una consigna o un insulto.
O gritar por gritar, reír a los gritos.

Cuando recuerdo, veo fragmentos todos mezclados de los primeros libros e historietas, los cigarrillos sueltos, la vecina que tenía dos años más que nosotros y ya era toda una mujer; y las competencias: las figuritas, el fútbol, las bicicletas, fuese lo que fuese había que ganar, acaso, como un entrenamiento para la vida que nos esperaba. Claro que no sospechábamos como iba a ser el futuro ni todo lo que íbamos a perder. Soñábamos autos que volaban, viajes a otros planetas, un confortable mundo de máquinas y de placeres. La felicidad, como la concebíamos entonces, instalada en ese futuro.
Pero no nos dábamos cuenta de que en cuánto dobláramos la esquina, ya no íbamos a poder regresar.

2010/03/23

CUADRO de La Otra Verdad

Un lento escalofrío recorrió su espalda apenas cruzó la puerta de entrada. La casa era igual a la que visitaba cada noche, en sueños. Su sonrisa quedó petrificada de espanto al ver la estatua que presidía la sala, los mismos ojos melancólicos, de mirada serena, la barbilla delicada, hasta el pelo cayendo ondulado sobre los hombros de la misma manera. Se enfrenta, midiéndose, en un singular juego de espejos, imitando el rígido semblante de mármol, que imita a la vez, su belleza etérea, angelical. Posa sus manos sobre las otras, tan similares, frías, casi traslúcidas.
Reina un aire gélido, huele a soledad, a medicinas caseras, a desinfectante. La luz tiembla azulada, fluorescente, sobre las altas paredes y techos, creando un clima ominoso.
Por fin voy a reencontrarme con mi padre. Atrás queda una historia confusa, de la que sólo conozco la versión de mi madre: un divorcio cargado de violencia, una orden de restricción, el viaje que terminó en un suburbio de Buenos Aires. Entonces yo, no tenía más de tres años. Guardo un vago recuerdo de sus dedos sucios de pintura, con los que le divertía mancharme, su aire quijotesco, su voz quebrada, acariciante.
Su voz me dice en el teléfono: –Dejá todo y vení a pasar unos días conmigo. Por favor, si no venís ahora, tengo el presentimiento de que nunca vamos a volver a vernos.
Yo sabía de su enfermedad, pero no me decidía a abandonar mis estudios, mi trabajo en plena temporada, y sobre todo no quería dejar solo a Gustavo, ahora que nuestra relación empezaba a encaminarse. –Tenés que venir, no va a haber otra oportunidad. Me dijo el viernes.
–Pero, no puedo, éste fin de semana vamos al campo, mi novio va a presentarme a sus padres.
–No vayas, te pido por favor que no vayas.
La escalera es imponente, de diseño majestuoso, y contribuye a la sensación fantasmal. La pared en la que se apoya está cubierta por un caos de pinturas de lo más diversas, pero todas tienen un único motivo y una única modelo. Ella niña, con el cuerpo coloreado de infinitas formas, ella creciendo con sus temores y fantasías, ella mujer, sus amores, sus anhelos. Comprende sorprendida que los sueños que transcurrían en ésta casa, eran compartidos por él, y así la retrató a lo largo de los años. Nunca pudo verlo ni tocarlo, pero percibía su presencia inquietante en cada rincón, en cada objeto; y al despertar, le parecía que volvía de un largo viaje. Entre tantas imágenes, ahora se ve, en el cuadro que veinte años atrás desatara la tragedia. Lo estremecedor no es su desnudez, ni la actitud insinuante de su pose, hay algo en su sonrisa y en su mirada que no corresponden a las de una niña, una carga de sensualidad y erotismo, que le costaron a su padre una acusación por el peor de los pecados y que terminaron con su mujer e hija al otro lado del mar.
-Ella es mi creación - gritaba enloquecido, sintiéndose traicionado.
-Ella vino al mundo para inmortalizar mi obra y eternizarse en ella. Vociferaba, ganando así la sospecha de todo su círculo íntimo, firmando su propia condena. Condena que todavía cumple en su estudio de la planta alta, de donde no volvió a salir.
Golpeo la antigua puerta blanca, que tantas veces soñé abierta, y entro furtiva y silenciosa. Aunque todo está impecable, ordenado, reluciente, como en un quirófano, el tufo es una bofetada, vahos fríos de hospital, de morgue. Cuando empiezo a acostumbrarme a la semipenumbra de la habitación, descubro el lienzo, naranja, lila, morado, añil. Discurren mis días. Son manchas informes, delirantes, alucinadas, en las que me adivino. Una lágrima turquesa, en mis ojos enrojecidos, un lunes en un bar. En tonos pastel, mi sonrisa tímida, insinuante, brilla. Borravino azulado un atardecer tormentoso, visto desde la ventana de mi cuarto. Mi mano nívea, crispada, aferrada a la cabecera de una cama de hotel. Mis amores y alegrías, mis dolores más profundos. Todas las líneas convergen en una forma única: un torbellino que se concentra en un punto, el ojo del huracán, que me atrae, me absorbe y en ése centro vuelvo a descubrirme, pálida, etérea, inerte, como soy ahora, rota, ya sin vida, en la camilla de un hospital de pueblo, del otro lado del mar, aquel día que fuimos al campo con Gustavo.
-Te pedí que no fueras, pero no quisiste escucharme- repite papá llorando, las manos blancas de la sábana, rojas de mi sangre, mientras el cuadro termina de engullirme.